Hola a todos.
Quiero compartir con ustedes mi último artículo publicado en mi blog.
(la dirección de mi blog está en mi firma y ahí está el texto completo junto con todas las fotos y su correspondiente galería).
Se trata de una salida de un solo día, con visita a sitios bonitos e interesantes como Ubaté y Moiniquirá.
Espero que lo disfruten!
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24 horas antes no sabía para donde ir. La idea de ir y volver el mismo día reducía mis opciones a un rango de entre 300 y 600 kilómetros, más hacia el límite inferior tomando en cuenta mis paradas “de contemplación”.
Evalué los llanos, miré el sur, mire el oriente, y finalmente el norte, ese del que conozco tan bien una parte pues viví en Zipaquirá toda mi juventud temprana -ahora estoy en mi juventud media

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Con mucho para ver más allá de mi pueblo natal y tomando en cuenta que esa ruta me permitiría hacer un circuito (ir por una vía y volver por otra) el norte se convirtió en la mejor opción para esta ocasión: aguantar frío un rato, esa fue mi idea inicial, pero luego, 24 horas después, me di cuenta de que “un rato” era una expresión totalmente equivocada...
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Esta vez no fui con ningún destino en particular como objetivo. Quería andar en mi moto, disfrutarla, sentir carreteras, tomar curvas, ir rápido y también despacio, sentir el viento en mi cuerpo y contemplar las manchas de pequeñas vísceras desparramadas en mi casco (el choque de moscos es una actividad totalmente aceptada e inevitable en cualquier salida en moto).
Madrugué mucho, demasiado, de manera inconsiente y sin despertador, y a pesar de mi parsimonia intencional para poder salir sin tener que usar el chaleco, las horas tempranas seguían siendo muy tempranas, tanto así que a pesar de toda la roña, cuando salí aún no amanecía… cero alternativa: hola chaleco, no te extrañé para nada.
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Y sin embargo el chaleco resultó de mucha ayuda.
El frío me acompañó desde que salí de casa… hasta que regresé, once horas después. Calculé mal el clima, pues la altimetría de mi ruta mostraba un gran descenso hacia Moniquirá, y eso equivale a tierrita caliente; pero el descenso inicia muy tarde, luego de varias horas de carretera de altura y frío, así que aún cuando ya había amanecido, continué usando el chaleco y me sentí agradecido de haberlo traído.
Hasta Zipaquirá el terreno era muy conocido, luego hasta Ubaté más o menos, pero de ahí en adelante todo casi nuevo pues por esa carretera no pasaba desde hacía cuatro años, en mi primer intento de llegar a la costa en carro (no lo logré en carro pues decidió quedarse en Bucaramanga, pero llegué a Barranquilla en flota, solo y con una niña de siete años acostada en mi regazo y el de la mamá ambas desconocidas para mi… definitivamente viajando pasan muchas cosas)
Antes de Ubaté el frio seguía cruel con todos y con todo, mostrándose como una neblina dorada, atravesada por apenas tibios rayos de sol sin fuerza suficiente como para calentar esa bruma de mañana y sin la resistencia necesaria para evitar explotar en forma prismática en todas direcciones cuando iluminaban cada trozo del hielo que cubría los campos: un éxtasis para los que pasan por allí y se atreven a abrir los ojos y mirar de frente la escena; hasta que el temblor en tu cuerpo te recuerda que necesitas algo caliente.
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Por eso me detuve en un restaurante campestre, antes de llegar a Ubaté, fuera de la ciudad (los prefiero); aún seguía siendo temprano y una mesera barría el andén que se encontraba separado de la vía principal por unos veinte metros; el restaurante tranquilo, sin música, en el fondo un televisor encendido pero, afortunadamente, con el volumen muy bajito: no se sentía, y a cada lado un pequeño bosque de eucaliptos y otros árboles de esos altos y no tan anchos que tanto se ven en nuestras tierras altas.
Pedí una aguapanela con queso y almojábana; me la sirvieron en una tasa grande, esmaltada, para agarrar con las dos manos; acerqué mis manos temblorosas a la tasa de aguapanela hirviendo tanto como podía sin llegar a lastimarme; soplé para no quemarme y bebí, y ese bendito líquido color ámbar se deslizó en mis entrañas dejándome saber con su calor en cual parte de mi esófago iba hasta que se concentró finalmente en mi panza; recordé un dibujito animado que congelado estaba azul, y un perro san Bernardo le brindaba un trago de rón, y al recibirlo, el dibujito iba adquiriendo su color nuevamente, en forma radial a partir de su panza… así me sentí con esa aguapanela.
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Aún con las manos temblorosas, viendo una carretera con casi cero tráfico, con esa luz dorada de las mañanas en el páramo, me pregunté que diablos hacía yo ahí! Madrugando como un loco, tiritando y sin saber a donde iba ni porqué… y mientras bebía otro sorbo de aguapanela decidí que para encontrar esa respuesta debería darle tiempo al día, debería andar otro poquito más y tal vez lo descubriría....
El texto completo en mi blog.
Saludos
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