Un aparte de una salida que hice hace poco.
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Lunes!
Día de ir a la oficina, de asistir al colegio, de ir a la universidad, de hacer vueltas, de adelantar “diligencias”, de ir al médico.
Pero no para mi. Hoy en día tengo la fortuna de tener una actividad laboral que me permite tomarme ciertas libertades, y hoy, lunes, lunes normal, he decidido pasar algo de tiempo andando en moto.
Confieso: hacen falta rutas nuevas y me levanto con algo de pereza respecto a donde ir. Decido abrir mi portátil para consultar el pronóstico del clima y encuentro que Ubaté, Tunja y en general todo el norte de mi ciudad, hacia donde había planeado salir hoy, está con altas probabilidades de lluvia, y aunque no me molesta andar bajo la lluvia, hoy tengo pereza!
Opción 2: Villavicencio; la opción me suena, pero el hecho de ir y volver por la misma ruta hoy no me emociona (tengo pereza).
Opción 3: la conocida ruta hacia Melgar; puede ser. Miro el clima y el pronóstico muestra un ícono con un sol dorado y una minúscula nube: 5% de probabilidad de lluvia (muy de malas donde me moje) y usualmente es una ruta que sirve para ANDAR, sobre todo un día como hoy, un lunes!
Son las 6 AM (llevo despierto más de dos horas y levantado una), ya está hecho el jugo de naranja (incluyendo el vaso para mi esposa) y el café (este solo para ella).
Alisto todo (en realidad no alisté nada pues ni siquiera llevé un impermeable), envío un par de correos y a las 6:30 AM salgo acompañado por una lloviznita tonta (recuerdo el ícono del pronóstico y espero que el famoso weather bug no se equivoque).
Reviso presión de aire y combustible; salgo de mi casa: La NQS, tranconcito, un sitio donde venden carne, Soacha… no ayudan mucho a subir la energía, pero apenas paso ICOLLANTAS todo empieza a cambiar, también perezosamente: muy de a poquitos finalmente me va ganando el paisaje, descubriéndose entre nubes blancuzcas, mostrando pequeños adelantos de todo lo que hay más adelante, tentándome, como un abrebocas de lo que es andar por carretera, sin importar a donde, solamente recorrerla en una moto, solo, sin compromisos y sin afanes.
Subo al alto de rosas y empieza esa danza entre la línea amarilla y las gomas de mi moto, y a la vez me espabilo, se va la pereza y empieza la desconexión total de todo lo que no es conducir una moto: mente enfocada, cuerpo atento y todo encaja súbitamente para rodar como debe ser: disfrutando, siendo parte de ese paisaje, detectando los aromas, avistando los obstáculos, calculando el momento perfecto de adelantar, dosificando la frenada, sintiendo cada reacción de mi compañera de ruta desde cuando la rueda delantera empieza a levantarse cuando el brío del acelerador nos emociona, y también el derrape suave pero tangible en la llanta trasera cuando se frena duro, luego de adelantar y justo antes de entrar a una curva de esas típicas de “Descenso peligroso, revise frenos” de la vía a Melgar.
Aprovecho una larga recta y acelero: la aguja del velocímetro pasa por encima del número 200 y ya no se puede mirar mas el tablero, que lo que hay que ver es al frente, ahí, donde viene ese “maletín” naranja que indica que se acaba nuevamente la doble vía y que es mejor pasarse al carril único. Apretar el freno con los dos dedos y presionar el pedal derecho con cuidado: no sé donde está la aguja del velocímetro, pero si sé que ya puedo apartar mi cabeza del tanque sin sentir que el viento me la va a arrancar.
Y entre curvas y rectas, entre aceleradas y frenadas, entre paisajes verdes y amarillos, de vez en cuando, se cola un mosquito dentro de mi visor: no sé como lo logra, no sé como ha terminado ahí, andando en ese espacio extraño y protegido justo detrás del visor y delante de mi cara: un mosquito a 180 kilómetros por hora y la cara de Einstein con su relatividad: tenía razón!
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Paso Chinauta, con sus dos o tres rectas interminables, peligrosas por tanto carrito lento, peatón y motos de pueblo, de esas que nunca salen de la berma y que deben acalorar más que mi R6 pues siempre sus pilotos andan en camiseta y chancla.
Llego al peaje y nuevamente alimento 127 caballos de potencia, veo de reojo al de la camioneta que intenta seguirme (con todo y familia a bordo) pero afortunadamente desiste de intentar ir a un ritmo en el que pocos se animan y que tanto gusta a los policías de tránsito (que me alcanzan a ver y me saludan).
A Boqueron bajo con cuidado, la vía está llena de obras, piedras, grava, polvo amarillo, huecos y altibajos, no se disfruta mucho esa bajada increíble, pero en su parte final sí. Paso la nariz del diablo y adelanto una tractomula, y de ahí para allá no hay tráfico: no hay carros, no hay motos, no hay nada; es como si hubiesen cerrado la vía para mi.
Para los que no lo conocen (y para los que lo conocen), el paso de la nariz del diablo y más allá es una vía hermosa, en un cañon del río Sumapaz y con una montaña al lado derecho que evoca naturaleza al 100% y que cambia de color como si tuviéramos estaciones: verde primavera, marrón otoño, y hasta gris invierno!
Curvas y contra curvas; curvas en bajada, curvas en subida, rectas que muestran en su asfalto la proyección de las ramas que como una bóveda cubren el asfalto, y una mole de piedra al costado izquierdo de manera permanente me acompañan. Hago catarsis en ese cañon y durante esos instantes en mi mente no existe nada más que carretera con paisaje.
Salgo del cañon y siento que tengo hambre, y como la idea es intentar hacer de lo viejo algo nuevo, me digo a mi mismo que voy a desayunar en el primer restaurante llamativo y campestre que encuentre. Crazo error: eso no pasó nunca!
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Llego a Melgar, busco una sombra en una plazoleta tranquila y silenciosa (claro, es lunes!), parqueo bajo una sombra y es hora de guardar el forro de mi chaqueta y de abrirle las ventilaciones; y también de hablar con mi esposa: llevo 2 horas andando en moto.
Arranco con más hambre y decido que voy a buscar la foto del día, una foto sencilla que me haga recordar muy bien este día, de cómo me fue, de cómo me sentí y de lo que vi, y decido que esa foto puede ser en la vía que de Melgar conduce a la Y por donde se toma para Girardot o para Cali.
Encuentro varios sitios que me gustan, intento algunos, me devuelvo, vuelvo y miro, tomo otras fotos y de nuevo me devuelvo, y seguramente los que están esperando su flota no saben qué pensar acerca del “tipo de la moto” que ha dado dos veces la misma vuelta.
Tomo fotos y salgo con más hambre, y eso me angustia un poco pues andar sin comer y sin tomar nada es peligroso: la falta de energía y la deshidratación simplemente hacen perder la concentración y eso en moto no se puede permitir.
Llego a Girardot y ni lo miro! Los tres semáforos que se necesitan para continuar por la vía que va hacia la mesa están todos en verde: soy un manchón rojo con negro en la memoria de algún transeúnte en Girardot… tal vez.
El hambre me martilla la cabeza (y me sacude el estómago), decido firmemente parar en un restaurante que conozco desde hace muchos años (ver foto con la scooter), lo busco y espero que esté después de estas tremendas paredes de publicidad de “Próximamente nuevo condominio”, pero no; ¿tal vez después del siguiente? Pero tampoco. Luego me doy cuenta de que ya no existe el sitio, y me siento un poco nostálgico porque recuerdo a Paco, el loro del restaurante que estoy buscando y con el que tuve que luchar para que no me robara los huevos pericos hace ya muchos años!
Mi vieja Scooter, en el restaurante que ya no existe
I'll miss you Paco, prrrua!!
Sigo andando… con hambre! Y decido tomármelo con calma (o sea sin pasar los 120) hasta que coma algo, y esa es mi única prioridad.
Pero entonces encuentro otro sitio que puede ser ideal para la foto del día, así que paro, hago varias tomas, miro desde un ángulo, desde el otro, reniego por mi cámara, cuadro el brillo, el ISO, el flash, pero JUEMADRE VIDA: TENGO HAMBRE!!!
Arranco esta vez sí decidididididisisisisimo a no parar hasta encontrar donde desayunar, pero, bendita sea la hora, encuentro OOOOOTRO sitio donde puede estar la foto del día, asi que paro la moto, me bajo, saco la cámara, tomo las fotos, cuadro el ángulo, el brillo, el ISO, reniego de mi cámara… y entonces me dí cuenta de lo privilegiado que soy al poder estar ahí. Cero carros, cero personas, solamente yo y mi moto. En ese momento realmente escuché, ví y sentí el “alma” de mis salidas en moto, ese algo “místico” y medio romántico que me atrae tanto en las carreteras, de los paisajes, de la imagen de “llanero” solitario sobre su montura de dos ruedas que “descubre” sitios y paisajes. Todo lo demás se me olvidó: el hambre, el ISO, el ángulo, el calor, todo! Me quedé ahí un par de minutos simplemente contemplando el verde del campo totalmente matizado por un dorado delicioso, y de contraste total con un azul celeste prístino y sobrecogedor en un cielo espectacular! Y en ese paisaje, en ese pedazo de tierra, en ese sector de nuestro planeta, en esta hora, minuto y segundo de tiempo estuve yo ahí: Luis Fernando Talero vivió unos minutos de su vida en ese tiempo y espacio, y lo mejor de todo: Luis Fernando Talero fue bendecido porque lo descubrió y logró disfrutarlo!
Un lugar especial en un día especial
Respiré tranquilo, feliz. No sabía si había encontrado la foto del día, pero sí supe que había encontrado el momento que hizo que valiera la pena esa salida.
Llegué a Anapoima a las 10:30 AM. Ya llevaba cuatro horas andando en moto. Entré a un restaurante en la plaza principal, llamado Teresita, o algo así: NO ENTREN AHÍ! El caldo con costilla fue horrible! Y con un jugo de naranja me costó $6.000: en paseo uno no debe andar corto de plata, pero no hay derecho.
Conocí el Bancolombia de Anapoima gracias a que, en la única bomba cercana donde conseguí gasolina extra, no tenían datafono, así que pagué en efectivo y tuve que retirar dinero. Los dos cajeros electrónicos dañados, así que tuve que entrar al banco. Agradecí el aire acondicionado, pero aunque al principio me impacientó, terminé disfrutando el hecho de ver que los dos turnos anteriores a mi en la fila, eran tres ancianitos (un señor, y dos señoras) totalmente dulces, respetables y demorados en sus trámites! Luego de casi veinte minutos pude hacer un retiro y me reí de mi mismo con esta bendita suerte para los trámites y las filas. Luego entré a otro restaurante a terminar de desayunar… pero ya no había desayuno (eran las 11 AM)! Ni modo: un café y dos panes y ya será el almuercito en casa.
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Arranqué de Anapoima y disfrute muchísimo, ya con la barriguita llena, el resto de paisajes y curvas. La gran Vía, las cercanías de Tena y el alto aquel con su casi permanente neblina, todos fueron el final de un día de carretera muy especial y tal como lo indicó el dorado ícono del weather forecast: sin gota de lluvia.
Llegué a mi casa a las 12:30, estuve sobre mi moto 5 horas y media, y anduve 300 kilómetros (297 exactamente), y la pasé tan bien que no pude evitar compartirlo con ustedes.
PD: me crucé con otro llanero solitario en su espectacular BMW S 1000 RR y enfundado en su mono de cuero: nos vimos cuando cada uno salió en el extremo opuesto de una recta, cada uno saliendo de la curva y con una rodilla casi en el piso; nos pitamos, nos hicimos cambios de luces, V de victoria y pulgar arriba; fue emocionante el encontrar a alguien que también estaba disfrutando de su moto en condiciones como las de hoy, ojalá y algún día tengamos la oportunidad de rodar juntos.
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El post completo con fotos en mi blog (vínculo junto a mi firma)