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milk_8912
28-sep-2009, 15:04
Quién les pone el tate-quieto a las motos (opinión)


Para muchos de ustedes la siguiente escena les resulta familiar: estacionan frente al semáforo, antes de que cambie a luz verde.

De repente, sienten que el paisaje no es el mismo. Al otro lado del panorámico, sobre la cebra, a los lados, aparecen una, dos, tres... diez, quince motocicletas. Invariablemente, una de ellas golpea su vehículo o el espejo retrovisor (los preferidos). Usted pita para hacer el reclamo, pero la jauría de motociclistas parte rauda dejando tras de sí una estela de humo. Aceptémoslo: las motos están invadiendo la ciudad como el óxido al metal.

No tengo nada contra este tipo de transporte. Me parece ágil, eficiente, necesario en ciertos casos y para ciertas labores. Dicen las cifras que generan más de un millón de empleos en el país y que la mayoría de quienes viven de ellas devengan dos salarios mínimos, en promedio. Es decir, cumplen una función social. No se discute. Pero la cosa va pasando de castaño a oscuro.

Sigamos con las cifras: cada día en Bogotá se accidentan entre 15 y 20 motociclistas, la mayoría por imprudencia. La Policía asegura que en los ocho primeros meses del año hubo 3.377 accidentes en moto que dejaron casi 2.000 personas heridas. En ese mismo lapso, 64 conductores de estos vehículos fallecieron.

No pasa solo en Bogotá. Esta semana, durante el seminario internacional de movilidad que organizó Ciudad Humana y la Cámara de Comercio, se hizo una radiografía de lo que ocurre en Lima, Ciudad de México o Sao Paulo. Y la conclusión es que la moto, además de ser el medio de transporte más peligroso que hay sobre la tierra, ocupa 3 metros cuadrados por persona frente a un metro del transporte público; contamina 25 veces más que un bus y 10 más que un carro particular y el riesgo de accidentarse es 25 veces mayor al de un bus y 20 veces mayor al de un carro.

Amparados en el mito de que la moto es un medio de subsistencia para muchas personas, la sociedad y los gobiernos se han vuelto complacientes con ellas: tienen un impuesto ridículo, un Código de Tránsito que se pasan por la faja, una licencia que se consigue en cualquier esquina; transitan libremente por andenes, ciclorrutas, separadores, puentes peatonales; a alta velocidad, con exceso de carga y niños sobre el tanque de gasolina. Y todo ante la impotencia de los demás.

Seguramente hay excepciones. Dios quiera que así sea, por el bien de la ciudad, los peatones y la convivencia. Pero ya va siendo hora de que las autoridades pongan un tate-quieto a los señores de las motos. ¿No las registran las cámaras de seguridad?; ¿los establecimientos que los contratan conocen los antecedentes de sus conductores?; ¿por qué las normas se antojan tan laxas para ellos?

Nadie está pidiendo acabar con las motos (¡cómo, si las venden en módicas cuotas de 50 mil pesos mensuales!), pero sí que los motociclistas tengan claro que no son los dueños de la vía; que por más equilibrio que hagan no pueden vulnerar el derecho a la movilidad de los demás; que hay reglas elementales que cumplir -no andar por la mitad de la vía, por ejemplo-.

La cosa es tan simple que bastaría solo con desear que cada vez que un motociclista se suba a un aparato de estos, piense que lo primero que debe tener claro es que a partir de ese momento se convierte en el ser más vulnerable a la hora de rodar por las calles.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
EDITOR JEFE DE EL TIEMPO
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